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06.01.09 -

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C amus no creía en un Dios que permitía morir a los niños. En la última razia israelí, de los 23 muertos, 12 eran niños. Casi el 50%. A mí se me hace difícil identificarlos, antes o después de morir. Los veía famélicos correr delante de los blindados en la Intifada, respondiendo a las balas con piedras. Llevaban, como ahora, las ropas anchas hechas jirones y el barro y la sangre pegados con los mocos a la cara. Pero tenían un motivo de distracción, había una obligación al cabo del día, ya que no escuela. En los territorios siempre ha sido de una gran dificultad engañar el hambre con las manos en los bolsillos. Se comía una vez al día como los perros, y encontrar en el plato unas lentejas era celebrar un festín. A veces, no había pan para los niños, porque tampoco había harina. Y resultaba tan dramático esperar su regreso, con las manos vacías, como extrañar su ausencia definitiva, cuando un soldado aplastaba su chulería infantil de un balazo en el corazón. Ya digo, a mí se ha hecho siempre difícil distinguir a un niño palestino muerto de uno vivo. Llevan la cabeza vendada o rastros de sangre en la ropa cuando están vivos. Los cadáveres que ahora portan decenas de padres jóvenes llevan la misma indumentaria y lucen los mismos rastros de violencia. Y si los muertos adultos tienen siempre cara de contrariados, el gesto infantil de su muerte es plácido. Se parece al de los corredores cuando doblan al llegar exhaustos y al fin desmayan. También descansan en paz. Dicen que el final sobreviene por cansancio de la vida. Allí los chicos mueren en racimo sin llegar a los 10 años. Hay un hartazgo de vivir antes de haber nacido. Por eso, insisto, no hallo diferencias entre los muertos y los vivos. Es más, cuando los veía aún vivos siempre pensé que tenían trazas de muertos. Y ahora que los veo entregados a la eternidad parece que descansan para volver a la vida y darse de nuevo a la muerte.
Cuando iban bien las cosas, comían carne una vez al mes. Pero el cerco colapsó las ayudas. Y las organizaciones altruistas dejaron de enviar las pequeñas raciones de harina, arroz y leche en polvo, una vez al mes. Una familia media se parece a la de Abd al-Hafez: Tiene once hijos, el más pequeño de 2 años y el más grande de 22. La muerte allí siempre encuentra sangre fresca. La metralla sólo tiene que dirigirse al bulto con la seguridad de que obtendrá un buena cosecha de infantes.
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